Cuento: El pez que soñaba con ser sirena.

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Esta es la historia de un pez que soñaba con ser sirena.
Al girar la cabeza hacia su cuerpo solamente alcanzaba a ver su cola y eso le hacía inmensamente feliz, pues tenía al menos una parte de lo que se necesitaba para ser una sirena.
Soñaba tanto en convertirse en sirena, que poco a poco comenzó a creer que lo era. Comenzó a cambiar su manera de ser, se movía casi danzando por el agua, nadaba con gracia y se hizo cambiar el nombre.
El mar, quien a veces puede llegar a ser muy despiadado, es también muy amoroso y protector con sus criaturas y pronto se enamoró del pequeño pez, pues aunque no dejaba de ser pez, emanaba una gran belleza producto de su ensoñación.
El majestuoso mar le llamaba por su nombre de sirena. Le acariciaba las escamas suavemente mientras el pequeño pez se movía a través de él con la misma elegancia que una bailarina, con la misma gracia que un delfín y con la misma belleza que un coral que se mece al compás de la marea.
Los demás peces lo veían con desdén, pues aunque a ellos no les hacía ningun daño su manera de ser, les producía un profundo desagrado.
¿Como era posible que un pez tan ordinario se creyera sirena?
Los peces susurraban cuando lo veían pasar, tan feliz, nadando con gracia, sonriendo con belleza y cantando con el agua a través de sus agallas como si de una verdadera sirena se tratase. Los peces decían cosas crueles sobre el pequeño pez, se burlaban de él y cuando lo veían pasar, le hacían una burlona reverencia.
Un buen día, el pez escuchó como los demás peces se burlaban de él y de su aspecto tosco y sin gracia. Entonces, convencido de que lo que los demás peces sentían era envidia, se acercó a la superficie lo suficiente como para hacer de ella un espejo y se observó de arriba a abajo.
Y lo que vio fue un pez. Un simple pez. Sin gracia ni belleza. Sin maravillosas escamas iridescentes, ni mirada de ángel. Era un pez de escamas grises y aletas anchas. Era un pez y no una sirena.
El pez entristeció y bajó a lo mas profundo del mar para esconderse. Su mirada se apago en los abismos y su gracia y elegancia desaparecieron en la oscuridad.
El mar, sintiendo un profundo desasosiego por su pequeño pez, le habló con ternura a través de las corrientes tibias del agua que corren por las profundidades, acariciando las algas y dibujando con suavidad en la arena del fondo del mar. Le dijo que extrañaba su danza y que anhelaba su belleza.
Pero el pez, sumido en una vergüenza interminable no lo escuchó.
El mar le hablo de nuevo, le dijo que extrañaba su sonrisa y que anhelaba su canto.
Pero el pez, sumido en una tristeza inmensurable, no lo escuchó.
El mar entonces, profundamente enamorado del pez, le pidió con su voz mas amorosa y gentil que volviera a la luz.
El pez, sintiendo aún una gran pena, asomó apenas la cabeza hacia un claro de sol que alcanzaba a iluminar tenuemente las aguas.
El mar se llenó de júbilo y le acarició la cara.
— Mi pequeño pez — le dijo con dulzura — cantas y danzas como sirena. Eres tan hermoso y elegante como todas ellas.
El pequeño pez sintió un cálido beso de la brisa marina y su corazón palpitó con fuerza.
— Pero no soy una sirena — respondió  sombrío, volviéndose un poco hacia la oscuridad.
— No — dijo el mar — Eres el pez más hermoso del océano, cuya belleza supera la de todas las sirenas juntas.
— Jamás podría compararme con una sirena— respondió el pez.
— Te equivocas — respondió el mar, impulsando con dulzura  al pequeño pez para que saliera por completo de la oscuridad — Eres mas de lo que piensas; la belleza mas importante no es la que se lleva por fuera, las escamas se caen y se averían. La carne se lastima y debilita. Los colores desaparecen.
«Es la belleza del alma la que importa. La que no se desgasta jamás. Esa es la belleza que te hace soñar y te hace ser diferente. Esa es la belleza que los demás peces envidian tanto.
El pequeño pez sonrió tímidamente.
«Por eso eres mi sirena favorita. La mas colorida de todas. La que baila con mas gracia. La que adorna mis aguas con su dulzura. Los otros te ven como un simple pez porque la negrura de su corazón les impide verte como en realidad eres. Por eso siempre serás mi sirena.
Fin.
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Microrrelato:El tren

EL TREN

– ¡¡Shhh!! Silencio. No me dejas escuchar el tren.

– No escucho nada.

– Aguza tu oído. Se escucha el tren.

– No hay vías por aquí. No hay tren.

– ¡¡Shhh!!

– Basta. Imaginas cosas. Imaginas ruidos. No hay ningún tren.

– Puede que no. Pero si lo hay no me dejarás oírlo.

– Basta, he dicho.

– El choque de los metales…

– Basta

– … el pesado rodar…

– No hay tren.

– … el majestuoso silbato.

– ¡NO HAY TREN ALGUNO!

– No es necesario que grites. Intento escuchar el tren.

– Pero ¿has perdido la cabeza? ¡No se escucha nada! No hay vías, ni trenes, ni silbatos ni nada…

– Quizá el tren solo está en mi cabeza. Quizá solo yo quiero escucharlo y tú no lo escuchas porque lo niegas.

– Lo niego porque no existe.

– ¿Te has preguntado alguna vez si existe lo ves o si ves todo lo que existe?

– Yo no…

– ¿Te has preguntado por qué no escuchas los colores o por que no ves los sabores?

– Suenas como un demente.

– Soy demente.

– Ya lo creo.

– Ahora calla. Quiero escuchar el tren.

– Me inquietas.

– ¡¡Shhh!!

– No hay tren.

– Yo escucho un tren.

– Dime Salvador ¿Cuán importante es para ti que yo te crea?

– No te pido que me creas. Solo te pido que me dejes escuchar…

De pronto un impresionante estruendo interrumpió a Salvador. La casa entera comenzó a temblar y estremecerse. De inmediato comenzaron a formarse grietas en las paredes de las cuales se desprendía un finísimo polvo que provocó que el muchacho tosiera.

Salvador miró hacia la ventana y enseguida localizó una locomotora que se acercaba a toda velocidad cuesta abajo, directamente hacia su casa. El chocar de los metales y el crujir de las paredes se acompañaban por el cada vez más intenso y ensordecedor silbato de aquella monstruosa máquina. Salvador saltó de la silla y tomó a Sebastián por el brazo. Lo sacó casi a rastras hasta el patio jadeando y casi sin aliento.  De pronto la locomotora alcanzó a la humilde vivienda de adobe y techo de teja roja que propiciaba cobijo a la familia de los chicos. Al choque, estalló en mil pedazos, volaron las paredes, volaron los muebles y salió volando el gato, con agudo maullido, quien indefenso descansaba al sol sobre el tejado justo antes del impacto.

Salió volando la mecedora de la abuela y la estufa de leña, voló también la colección de carros de madera que papá tallaba en sus ratos libres. El tren se llevó todo a su paso y siguió su camino por las vías imaginarias hasta el bosque, donde tiró todos los pinos que se interponían a su paso. El silbato se fue haciendo cada vez más imperceptible y los metales de los vagones ya casi no se escuchaban.

Mientras Salvador se incorporaba, dibujó una gran sonrisa de satisfacción en el rostro, se sacudía la tierra de sus ropas y Sebastián confundido miró a su hermano, luego observó su casa la cual se encontraba intacta y en el mismo estado, el gato aún dormitaba en el tejado, la mecedora estaba en el mismo lugar de siempre y los arboles del bosque no habían sido derribados.

– ¿Qué ha pasado? – Preguntó Sebastián sin haber podido ver lo que vio con su imaginación su hermano – ¿Por qué me has sacado de la casa?

– Te he salvado.

Alejandra Koráki

Microrrelato: En soledad

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No había lugar en el mundo donde ella prefiriese estar.

La casa era grande, la sala muy amplia, su habitación con muñecas y juguetes propios de su edad.

A veces con gran esfuerzo giraba la manivela de los juguetes de cuerda para hacerlos activar.

En ocasiones tan solo pasaba su mano helada por encima de las cosas y cambiaban de lugar.

Casi siempre por las noches, cuando el silencio es muy sordo, se le escuchaba cantar. Y sus piecitos descalzos, con un “tap-tap” distintivo, dejaban huellas pequeñas  casi al ritmo de su andar.

Con una muñeca en brazos se asomaba a la ventana con mucha curiosidad. Le gustaba ver la calle, le gustaba hacer vapor con su gélido suspiro en el cristal, y después con su dedito a la altura de su cara en la ventana dibujar.

Jugaba a las escondidas contando tras el ropero, del uno al diez, para luego a sus muñecas buscar. Y jugaba chapoteando con el agua en la bañera, con sus barcos de madera contando historias del mar.

Y cuando alguna familia se iba a vivir a su casa, hacía todo lo posible por hacerse notar.

Luego se iban asustados, dejándola nuevamente en soledad.

El viaje de Mariana

“El viaje de Mariana” es la historia que cuenta el exodo de una niña migrante que busca reunirse con su madre, quien desde hace un par de años se encuentra trabajando de manera ilegal en Estados Unidos. Mariana tiene siete años y viaja sola. Se encontrará en el camino con todo tipo de dificultades que pondrán a prueba su prematura fortaleza.

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Te confieso

Te confieso que no duermo

Por estar pensando en ti

Te confieso que te observo

Aunque no sepas de mí.

 

Te confieso que me inspiran

Tu sonrisa y tus palabras

que mi mente gira y gira

y me sonrojo cuando hablas.

 

Te confieso que te sueño

Tomándome de la mano

Que algún día serás mi dueño

Algún día no muy lejano.

 

Te confieso que te veo

y tengo ganas de hablarte

es todo lo que deseo

con suerte tal vez besarte.

 

Te confieso que aún hay días

Que no dan ganas de nada

Y tu luz y simpatía

Son lo que me mueve el alma.

 

(Para Antonio, recordando esos días en ese salón de clases donde nos conocimos)

Por: Alejandra

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A Octavio Paz

Este poema forma parte de la revista -A ROSTRO OCULTO- en su tercer número, con un homenaje a Octavio Paz. En el siguiente enlace encontrarán la revista completa. http://issuu.com/arostroocultorevista/docs/a_rostro_oculto_n__3

A OCTAVIO PAZ

Genio de los poemas
y creador de cien mil vidas,
portador de los emblemas
de la inteligencia escrita.  

La delicia de tus versos
Y el recitar tus poemas
Reviviendo tu universo;
Sangre mexica en tus venas.  

Adentrarme en las palabras
del vivaz “Pasado en Claro”
Imagino que me hablas
Y mi admiración declaro.  

Voy recorriendo tus letras
Exploro tus mundos versados
y entonces tu alma penetra
eternamente en tu legado.  

Genio de gran talento
De la añoranza y anhelo
Susurra al compás del viento
y recítame desde el cielo.

 

Alejandra

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